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martes, 23 de noviembre de 2010

Homenaje a Cepillo Inardi y su casa La Carlina

La Carlina


Discurso en ocasión de celebrar un día del estudiante, en el Club Universitario, hace 10 años



Nos reunimos hoy en este querido Club Universitario, quienes han formado parte de la estudiantina cordobesa, la más representativa del país, heredera de la gloriosa Reforma del 18 y personas que gracias ha haber convivido y conocido a tantos otros con tonadas, costumbres y folklores diferentes, pero con sueños y utopías similares, hicimos de la amistad duradera un culto.

Somos los que con Alberto Cortés, creemos que

“un barco frágil de papel, parece a veces la amistad

pero jamás puede con él, la mas violenta tempestad”

Aún antes de la llegada a Córdoba desde Rafaela, del Cepillo Inardi y el Ojo Audenino, había algo que estaba en la base de la estudiantina cordobesa y que la distinguió siempre de la del resto del país, el paisaje urbano de la Ciudad y la composición de su población universitaria.

Por historia y ubicación geográfica, Córdoba, estaba abierta al interior de la provincia y del país, e incluso a otras naciones latinoamericanas. El prestigio académico de su universidad era un imán

Llegamos santiagueños, riojanos, catamarqueños, salteños y jujeños, tucumanos, chaqueños, correntinos y entrerrianos santafecinos y rosarinos, sureños, cuyanos y puntanos, bonaerenses, misioneros y formoseños, bolivianos y peruanos. Sufríamos el desarraigo, pero disfrutábamos la libertad de ser jóvenes sin ataduras familiares.

Fuimos miles y nos hicimos sentir en la vida social, cultural y política de la ciudad, junto a los cordobeses nativos, que nos recibieron con los brazos abiertos.

La Carlina y Cepillo, quedaron para siempre como dos íconos representativos y fundamentales de aquella estudiantina cordobesa.

Junto al Hospital, las pensiones, el viejo castillo del Club Universitario, la Plaza Colón y el aguaducho, constituyeron la médula del Barrio Clínicas.

Cepillo también fue y es un ejemplo de amistad y la Carlina fue el hogar de todos.

Nosotros que cuando éramos muy jóvenes llegábamos a la Carlina y mirábamos y admirábamos a los mas experimentados, algunos ya profesionales, otros, estudiantes avanzados, nos tocó por el paso inexorable del tiempo, ser mirados y admirados por los recién llegados, años más tarde.

Y la magia se repetía, parecíamos iguales, consumíamos el mismo asado integrador, escuchábamos las mismas viejas historias de amor, desencuentros, exámenes, éxitos y frustraciones, guitarreadas, humor cordobés auténtico, el del Pelado Alonso y el Gordo Oviedo.

Y hoy también parecemos iguales, aunque la vida nos separó, nos hizo más viejos, nos dispersó, y nos vuelve a juntar, para revivir la historia.

Pero ya no somos ni jóvenes, ni estudiantes, hemos perdido gran parte de los sueños y las utopías, se nos ha apagado en parte la tonada, no sufrimos desarraigo y la hemos pasado a veces bien y a veces mal.

Que es entonces lo que nos une nuevamente en el asado gregario, porqué nos emociona volver a escuchar las viejas historias, porqué en este momento mágico no nos sentimos separados por las ideologías, el dinero, los lauros académicos, la fama, la riqueza, la pobreza, la alegría, la tristeza, los éxitos o los fracasos.

Debe ser nomás la magia de Córdoba, del Barrio Clínicas y de la Carlina, que se adueña de nosotros y nos vuelve a hacer mejores, a ser jóvenes, a ser estudiantes, a ser utópicos.

También puede deberse a que el duende juguetón de Cepillo, de correrías por el cielo con Patocho, Takirari, Pechito Ceballos y los hermanos Bomba y Tati Gianello, se nos mete muy adentro y nos obliga a practicar algo que ellos instituyeron como un bien preciado de la estudiantina, la amistad sin límites, el compañerismo sin distingos, la alegría de sentirse cerca del otro, la emoción de reencontrarse.

La Carlina, como Cepillo, tampoco está físicamente. Pero en cada encuentro, en cada asado que Pocho y Pompi se encargan de organizar, bajo la tutela de Capitán, revivimos a esa bella casa, y hoy mismo, aquí, estamos en la Carlina.

Si allí nomás a la derecha está la galería, enmarcando a las habitaciones, véanlo salir del baño de la punta a Miguel Carballo acomodándose los pantalones, y ese que está allí limpiando sus lentes y preparándose para su emotivo discurso, es el mismísimo Nilo Neder, al lado del asador, en la parrilla que está en el suelo pegada a la tapia.

Sì, estamos en la Carlina, y si nos lo proponemos, siempre estaremos en la Carlina, cuando un asado con guitarras a cargo del Tape y del Gordo Mensegues, alterne con el increíble brindis del Pelado Alonso “… alzando la copa galvanópica, llena de emociones terotípicas…”, mientras el Zorro Reartes refunfuña y estigmatiza a su rival político de turno.

Siempre volvemos a la Carlina. No ha logrado ese feo edificio de dos plantas que hoy se levanta en la esquina, reemplazarla.

Ni siquiera la calle se llama Haedo ya. Por eso es que no la reconocemos, pero si reconocemos a su espíritu, que es en definitiva lo que importa, cuando la añoranza, el recuerdo y la emoción nos convocan en una reunión de amigos.

También nos reconocemos nosotros, mirándonos después de tanto tiempo, con alegría, con desazón por no recordar ese rostro o no asociarlo con un nombre y un apellido, pero sabiendo que si estamos aquí, es por que somos amigos, somos hermanos y pertenecemos a la cofradía de la Carlina, comunidad hecha de amistad, de nostalgia, de emoción y de agradecimiento.

Seamos jóvenes, estudiantes y soñadores una vez mas, levantemos nuestras copas y brindemos, por los que lo son, por los que lo fueron antes, por los que por siempre llevan de estudiantes, para toda la vida el corazón.

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